El terapeuta ocupacional y profesor alemán
Frieder Hass lleva más de una década en Chile aplicando un método tan sencillo
como efectivo para tratar al niño con déficit atencional. Su base: fortalecer
el equilibrio corporal, para potenciar la concentración y atención en clases.
Su herramienta, un pequeño trampolín y mucho sentido común.
Cuando llegan a su consulta, vienen cansados tanto los niños como los
padres. Agotados de probar diferentes terapias, fórmulas e incluso medicamentos
para tratar un trastorno que parece cada vez más común, “el déficit
atencional”.
Cuando
el profesor y el terapeuta les prometen a los padres que con una terapia
llamada “integración sensoria” (fundada
en el desarrollo del equilibrio) finalmente sus hijos lograran concentrarse y
superar las complicaciones de este déficit, ellos parecen no creerlo. “En
general los niños que vienen a mi
consulta son inteligentes o hiperinteligentes, pero no pueden aplicarlo en la
sala de clases. La mayoría de los padres les han dicho que sus hijos solo
estaban tratando de llamar la atención, y ya vienen muy tristes o desesperados.
Lo primero que hago en la evaluación
(de 90 minutos) es enfocarme en
ellos, a los que les hago preguntas tales como: ¿El niño prefiere la tina en
vez de la ducha? (para saber si se siente contenido), ¿Interrumpe a los
adultos?, ¿Cambia las reglas en los juegos? , ¿Tiene problemas de seguir
instrucciones?
De ahí
sigo con el pequeño y su postura corporal que me dice cual es la raíz de su
problemática. Mi propósito es ser un
traductor de sus síntomas y darles las herramientas a los padres, porque
finalmente un 95% de la terapia es trabajo en casa”, dice el terapeuta.
Pero, ¿Qué
es integración sensorial? Es una terapia que parte de esta premisa: además de
los cinco sentidos que conocemos poseemos otros complementarios, como equilibrio,
la propiocepción (a través de las articulaciones, músculos y
tendones) y la percepción mediante la
piel. Cuando hay alteraciones en la integración de uno o varios de estos
sentidos, generalmente gatillada por un deficiente desarrollo del cerebro, se
puede generar un déficit atencional como consecuencia.
No se conocen científicamente las razones,
pero estas alteraciones se manifiestan en los primeros años de escolaridad,
según el especialista incluso también en los primeros meses de vida: “Hay que
observarlos desde bebés hasta sus primeros años para reconocer cualquier
irritación en su desarrollo; por ejemplo, intranquilidad motora, poca concentración en juegos, hablar y gritar
fuerte, falta de control de la emoción, poca tolerancia a la frustración, miedo
a la oscuridad, llenar mucho la boca al comer, poco contacto visual, que le
molesten las etiquetas y la ropa apretada , que lloren muy rápido, sentir mucho
el dolor o casi nada, hacer preguntas repetitivas, que les molesté el ruido
pero al mismo momento producen ruido,
entre otras cosas”.
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